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Maya. Soltera, 26 aunque ya obsesionada con la treintena de años, la mayor parte del tiempo sola aunque este acompañada, bipolar, aunque selectiva amistosa y bastante sincera. Una bohemia.. o no se.. Solo sé que soy Maya.

martes, 11 de mayo de 2010

Trio

A ella siempre le gusto la rudeza; era parte de su naturaleza, solía ser ruda para todo así que no debía ser diferente en su manera de amar. Era posesiva, dominante, territorial.
Manejando por la autopista, no había tráfico y el escuchar NIN la hacía volar; no presto atención cuando su madre le preguntó que era ese maletín negro que estaba en el asiento de atrás.
- ¿Qué hay dentro?
- Ah?
- Del maletín, ¿Qué hay?
Hanna sonrió, subió volumen al reproductor y aceleró.
- No lo sé, la cabeza de alguna stripper quizá.
- Sabes, a veces por momentos, me da miedo preguntar la naturaleza de tu sarcasmo. Real o burlista.

Al llegar al aeropuerto se despidieron sin mayor protocolo. La verdad era un alivio que su madre regresara a casa, no le gustaba mucho su visita por el hecho de sentirse mirada bajo aquella intolerante pero silenciosa vigilancia materna. La vio alejarse caminando, con su gran cartera imitación de Carolina Herrera. Tal vez era su madre, pero también era mujer y no por eso se libraba de ser criticada.
De regreso sola en su auto cantaba, con la ventanilla abajo para fumar…
Just how deep do you believe?
Will you bite the hand that feeds?
Will you chew until it bleeds?
Can you get up off your knees?
Are you brave enough to see?
Do you want to change it?
Y recordaba a su madre profundamente, caminando lejos de ella, a punto de montarse en ese avión, a volar, a kilómetros de ella.
Will you bite the hand that feeds? En su cabeza. –Si, en voz alta respondió.
Recordó la conversación de minutos antes, aquel comentario sobre su sarcasmo; pensándolo bien, no se había dado cuenta de lo inteligentes de aquellas palabras, tal vez por primera vez en muchos años, su madre había acertado en algo acerca de ella. A pesar de demostrar desconocimiento de la verdadera naturaleza de su respuesta, mostró el claro desinterés por la misma.
A ella no le importaba lo que su madre pensará. A su madre no le importaba si realmente su hija era una asesina de strippers, lo que probablemente era un indicio de ser lesbiana; o simplemente una bromista insolente. De cualquier manera ninguna de las dos respuestas eran ciertas, jamás asesinaría a alguien en plena jornada laboral, sabiendo que trabajaba, y no quiso ser insolente, simplemente fue sincera, a su manera.
Tal vez, si su madre tuviese el acertado toque de seguir reaccionando de esa manera, un día de estos podría llegar a agradarle.
Camino a su casa decidió cambiar de planes; miró el reloj y ciertamente era tarde, probablemente Alejandro ya estaría dormido, pero no importaba. Él estaría feliz de que ella lo despertara.
Estaciono el auto y camino hacia la reja. El vigilante quien ya conocía las reglas silenciosas impuestas sin preguntar nada ni anunciarla la dejo pasar. Timbró dos veces y nada. Dos veces más. Buscó la llave en el matero del pasillo, que estaba allí para ella y entró procurando no hacer ruido para no espantar a Nerón y que este empezara a ladrar. Se quito los zapatos antes de entrar al cuarto y poco a poco dejo caer una por una sus ropas en el sofá. Ya completamente desnuda se sentó en el lado contrario de la cama al que él dormía; levanto la cobija y deslizo su cuerpo helado hasta cubrirse toda. Espero unos minutos, mientras su temperatura aumentaba, no quería que su frio incomodara a Ale, todo lo contrario, estaba ahí para darle su calor.

Un abrazo, un beso en el cuello, un “Despierta, por favor”.
Y la inmediata reacción física a la presencia de Hanna en su cama, incontrolable, imposible de apaciguar, ya solo ella lo podía calmar.
Así como siempre, pasaron horas de violencia y amor. Terminando en un montón de “Te amo” durmiendo con las manos en las estrellas, dentro de aquel sitio seguro, el pecho del otro, los latidos unísonos de los que ya eran uno solo. Como si nada hubiese sucedido, ayer.

Ese día amaneció como de costumbre, él despertó a su lado, sin haberse acostado con ella ahí. Y al abrir los ojos dio gracias al dios de los hombres por tenerla allí. Antes dudaba de su existencia, pero por Hanna se dio cuenta y tuvo que aceptar, que hay una fuerza suprema, más poderosa que la ciencia, que la música, el arte y cualquier otra sustancia transformada por los humanos para hacerlo sentir “bien”. Que hay un poder habitante en los ojos de aquella mujer, que habla sin palabras, y besa sin labios, lo acaricia sin tocarlo y le canta sin voz. Que realmente cada día amanece cuando ella parpadea dos, tres veces, antes de despertar completamente. Que le hace hacer lo imposible, para verla, tenerla un amanecer más.
Le prepara el desayuno y la besa en la frente. Le da la comida en la boca. Antes de conocerla apenas si podía encender la cocina, ahora es todo un cocinero experto en el arte sazonar y salar con la cantidad exacta a paladar y gusto de Hanna.
Ella sonríe, y como una niña se acurruca entre sus brazos. Es posible que ninguno de los dos pueda describir la sensación de paz que conciben en ese instante, en ella metida en su pecho, refugiada, refugiándolo. Resguardándose del mundo afuera como si no existiese nada más.
Que distinta es ella con él, llena de contraste. Ruda y dulce. Mujer y niña. Pero siempre, siempre, perfecta.
Quedaron en verse luego de salir de trabajar, en algún bar que ella había escogido. Alejandro no era hombre de frecuentar sitios nocturnos ni embriagarse, ni hacer alguna estupidez de esas que solo los adolescentes tardíos con hormonas alborotadas mas allá de la razón harían. Pero por ella sería capaz de eso y más. ¿Qué podría perder? Al final a su lado todo era divertido y nuevo, toda una aventura y a esas alturas ya ninguno de los dos tenía dudas del amor del otro. A pesar que ella algunas noches se quedaba en su apartamento, practicamente vivían juntos, secretamente eran marido y mujer. Era verdadero, era real.

Preparó todo para llegar tarde al otro día. Hanna le había pedido que salieran en día de semana, ya que la gente que podían encontrar era menos probable que frecuentarán a su círculo de amistad. Los planes para esa noche eran claros, más no seguros. Ya habían salido antes con similares intenciones pero siempre terminaban aburriéndose de los demás y encontrándose más atractivos y divertidos ellos mismos, lo cual, para nada, estaba mal. La vedad, Alejandro estaba seguro que esa noche todo sería igual.

La hora y el lugar. El esperaba, ella estaba a segundos de entrar. Una pelirroja en la barra lo miraba descaradamente, probablemente el era el único que aún no lo había notado. Cruzaron miradas y ella sonrío, el respondió pero inmediatamente volteó; lo suficientemente cortes para no parecer maleducado, pero lo suficientemente fugaz para dejar claro que no estaba interesado.
Hanna entra y como de costumbre siente las miradas a su alrededor. Camina directo donde Alejandro quien se ve feliz por verla. Se sientan y se toman de las manos, ordenan algunos tragos y comienzan a hablar con el mismo entusiasmo de dos amantes que tienen meses sin encontrarse, dejando la conversación guindada en algún lugar y placenteramente volviéndola a retomar. Luego de un par de horas y con los tragos a partir de ese momento, haciendo de más, las palabras cambian su naturaleza y lo que empieza en silabas termina en besos y suspiros apasionados.
La música está alta, la gente baila. El ruido a su alrededor es cada vez mayor. El alcohol empieza a hacer efecto y el ambiente está espeso entre humo de cigarrillo y vapor de sudor. -Es sexy- piensa Hanna, abre los ojos y mira por encima del hombro de Alejandro mientras él le muerde el cuello, camuflajeados, en la oscuridad del lugar.
Ella la ve, y Hanna simplemente no puede esquivar su mirada, es una pelirroja espectacular. Alejandro, muerde su cuello con más intensidad y la obliga a cerrar los ojos y perderla de vista, mete su mano debajo del vestido de flores y sin pedir permiso, simplemente la empieza a tocar.
Hanna lo abraza y se aferra a él desesperada, fingiendo no gemir, mordiendo sus hombros para no gritar. La gente a su alrededor no se da cuenta de lo que pasa, así que si gritara probablemente les daría igual.
Ella se levanta, lame sus dedos y señala en dirección al baño de mujeres, al fondo, el más lejano de todos.
- 5 minutos.
- De acuerdo.
La seña no estaba acordada, pero ninguno de los dos preguntó ni explicó nada.
Camina entre la gente apurada por llegar. El baño parece lejano, cada vez más. Ya frente a la puerta la empuja y la abre. Entra, cierra y se mira al espejo. Abre la cartera, chequea su maquillaje y se asegura que todo esté en su correcto lugar.
- Será la primera vez en un baño público- dice a su reflejo excitado en el espejo.
- ¿En serio? Porque sabes, resultan ser los baños públicos los lugares más excitantes donde haces cosas iguales de sucias, que simplemente por pudor y falta de alcohol, no harías en el tuyo.
Hanna se sorprende, suena a algo que ella misma respondería, que saldría de ese espejo, de su reflejo; pero da la vuelta y ve a la pelirroja salir de una de las puertas de los sanitarios.
- Pensé que estaba sola –responde ella, algo asustada.
- No, estaba aquí adentro, ocupándome de algunos asuntos.
- Disculpa, creo que estoy algo ebria y dije algunas cosas en voz alta.
- Tranquila, a alguien que esté tan bien acompañada le disculpo eso y más.
El comentario no le agrado, y su instinto de mujer territorial le hizo cambiar el tono de voz. Paso a ser de una mujer avergonzada, descubierta en sus deseos muy íntimos, a una mujer celosa, posesiva, que cuida de lo que le pertenece.
- ¿Te refieres a mi esposo?
- Ah, no sabía que estuviesen casados.
- Es así y sabes, soy una esposa muy celosa, así que no te atrevas a acercarte.
- Y , ¿si me acerco a ti?
La pelirroja se acerco demás, la rodeo con sus brazos apoyándolos al tocador. Hanna por un momento no pudo pensar. Aquel escote inmenso le dejaba ver más de lo que debía, era realmente hermosa. De pronto reaccionó y recordó la cita, 5 minutos…
- Es tarde, mañana debemos trabajar. Mi esposo y yo, me refiero. Debo irme.
Camino apurada fuera del baño, como si llevara un demonio por dentro a punto de estallar. Al abrir la puerta Alejandro estaba allí, a punto de entrar. Ella lo empujó como asustada le dijo:
- Debemos irnos ya.
Volvieron a la mesa y el trato de hacerle contar lo que le pasaba. Ella aún agitada no supo cómo responder. Pidieron otro trago y ella solo recordaba los senos, el escote, lo más que ella debía ver.

Luego del silencio, de repente ella solo pronunció.
- La quiero Alejandro, la quiero ya. Te espero en el carro, convéncela. Es mi capricho, es un regalo que quiero de ti. Tráemela, la quiero ya.
El de inmediato supo a que se refería y no dudo en complacerla. La beso y le pidió que lo esperara, no tardaría más de lo necesario.
Hanna se puso al volante, cerro el auto y esperó. Le costaba respirar y encendió un cigarrillo aspirándolo fuertísimo, como si esté la pudiese calmar. Pensaba, en lo que estaba a punto de hacer, en la respuesta de Alejandro, en el miedo a perderlo pero en que su deseo podía mucho más.
Miro a un lado y los vio venir, la pelirroja sonreía y no se notaba nada nerviosa. Alejandro caminaba detrás. Volteo y disimulo, y en cinco segundos se vio a sí misma encima de aquella mujer desconocida, tocando su cuerpo, lamiendo cada rincón, mordiendo sus senos enormes y sintiendo su respiración.
- Que fácil fue, pensó. Quizá es porque le gusta Alejandro, su interés debe ser por él, no por mí.
Entraron al auto, y ella sin decir palabra manejó hasta casa de él. Al estacionarse Alejandro tomó su mano y le pregunto si estaba segura, ella sin dudar respondió sí.

Ya en el apartamento Hanna saco tres cervezas, y las repartió. La pelirroja sentada en el mueble simplemente los miraba como esperando que ellos decidieran que hacer. –Parece tímida, pensó. Me agrada más de esa manera. No puedo permitirme que ella tome el control.

Alejandro puso música, NIN. Y Hanna inmediatamente se desinhibió. Empezó a bailar y se acerco a él. Lo miro a los ojos y poniendo sus manos en su cuello lo beso. El sin dudar metió sus manos debajo del vestido, le quito el hilo y empezó a masturbarla furiosamente, con todas sus fuerzas, casi como si la odiara y la quisiera matar. Hanna cayó al mueble, al lado de la pelirroja quien tomaba su cerveza y los miraba, sin hablar. El vestido desapareció al igual que la ropa de él. Pronto, estaban sumergidos intensos en un juego de dar placer con sus manos, con sus lenguas, con cualquier parte de su cuerpo, sin penetrar.

Hanna se levanta y tira a Alejandro a un lado, se sienta desnuda sobre la pelirroja que aún no pronuncia una sola palabra. La mira directo a los ojos y la besa con rabia, lame sus labios como queriendo destruirlos, como un animal hambriento, comiendo la presa que se va a acabar. Toma sus dedos y los lame, los mete a su boca y suavemente los comienza a chupar.
Alejandro, sentado al otro extremo del sofá solo ve, es lo que tiene permitido hacer, solo ver, nada más.
Ahora las dos mujeres tiradas al piso se disfrutan mutuamente, la pelirroja a olvidado su pasividad y Hanna grita verdugo de aquella lengua frenética, roja, tan roja como su cabello, tan roja como la sangre que Hanna con sus uñas hace de su espalda brotar.
Alejandro se para, aparta a la pelirroja y levanta a Hanna, la acuesta sobre el, y deja que ella sola, se haga penetrar. Empieza frenético, el amor entre ellos dos, el toma su correa, tirada a un lado y la amarra al cuello de Hanna, ella le pide que apriete más, más. A Alejandro siempre le sorprendía, aunque más le excitaba, lo que ella podía aguantar.
Sobre Alejandro Hanna grita y la pelirroja lame sus senos, mientras el va soltando de a poco, la presión en su cuello. Hanna besa a la otra mujer y coloca la correa ahora en el cuello de ella. Se va hacia su cuerpo y empieza a morder sus labios, mientras aprieta cada vez más. La pelirroja esta arrodillada y Hanna es su dueña, es la que manda, su fantasía se hizo realidad.

Alejandro se para detrás, se agacha y mirando a Hanna a los ojos hace que la mujer se acueste de espaldas, en el piso, toma la correa y la monta, como si de un animal se tratará. La penetra y empieza envestirla con una fuerza brutal, que Hanna de inmediato reconoce. Es la misma fuerza, la misma pasión que solo ella, creía, hacerle sentir.
Por un momento sus ojos se llenaron de rabia y sintió su instinto de animal posesivo apretarle los dientes, acelerarle la respiración. Sintió unas ganas enormes de golpear a aquella mujer y matar a aquel hombre, que era solo suyo, y que tenía permitido, previamente, solo mirar. Pero ellos no se daban cuenta de su reacción, estaban muy ocupados gritando, disfrutando y dejándose llevar. Vio la imagen frente a sus ojos y lo ridícula que debía verse a un lado, olvidada. Sintió deseos de huir, de dejarlos a ellos ahí. Pensó en Alejandro corriendo tras de ella, diciendo que no pasaba nada. Pero no, ella no era débil, no podía mostrar que estaba increíblemente celosa, y que dudaba enfermamente del amor de aquel hombre que ahora se cojía a otra, mientras ella moría de celos.

Se acercó a ellos y su cólera se confundió con pasión. Tomo la correa que apretaba el cuello de la pelirroja y beso a Alejandro frenéticamente mientras él seguía penetrándola. Lo distraía con sus besos, apasionados, sin dejarlo mirar. La pelirroja, en el piso se iba quedando sin aire mientras Hanna apretaba la correa cada vez más, con una fuerza rábica, con una furia increíble, sin piedad, apretaba cada vez más, y Alejandro distraído penetrándola y besado a Hanna no pudo darse cuenta que dejaba de respirar. Hanna finalmente sintió que la mujer dejo de luchar, miro a Alejandro y le dijo sin dejar de besarlo:
- Eres mío, dilo. Eres mío y de nadie más.
- El solo respondió que si, y se dejo tumbar sobre el cuerpo, inmóvil ya, de la pelirroja.
Sonó el teléfono y Hanna responde. Era su madre, necesitaba que la llevara al aeropuerto, había terminado las diligencias y regresaría a su ciudad.
Se levantó, tomo la correa y la metió en un maletín negro que estaba sobre la mesa.
Alejandro, se daba cuenta de lo que había pasado y sorprendido, no podía reaccionar.
- Deshazte de ella. Tírala a un barranco o que se yo. Una puta así que se acuesta con el esposo se otra no merecía nada más. Yo se lo advertí. A ella y a ti.
- Era una stripper. Yo solo quería hacer tu fantasía realidad, y ya lo habíamos intentado varias veces antes, no conseguíamos nada, yo quería… Era paga.

Hanna tiró el maletín de regreso del aeropuerto, y planeaba dormir esa noche en su casa. Pero se dio cuenta que había pasado tiempo suficiente, que la otra mujer no estaba, y que Alejandro quería complacerla y nada más.