Datos personales

Mi foto
Maya. Soltera, 26 aunque ya obsesionada con la treintena de años, la mayor parte del tiempo sola aunque este acompañada, bipolar, aunque selectiva amistosa y bastante sincera. Una bohemia.. o no se.. Solo sé que soy Maya.

jueves, 11 de febrero de 2010

Cuento ...

-¿Te gusta?

Repetía ella sin inmutarse. Ni un solo gesto dejaba escapar de su rostro casi muerto, carente de emociones y sentimientos.

-¿Te gusta?

Escuchaba él. Tirado en el piso inmóvil. Saboreando la sangre que se hacía charco a su alrededor. Sintiendo el dolor de sus piernas, su cadera, sus hombros; pero mirándose a sí mismo desde otra dimensión. Flotando a su lado. Viéndola a ella inclinada sobre su cuerpo, vestida de blanco, mirándolo a los ojos, preguntando una y otra vez.

-¿Te gusta? …

Sobre un sofá cualquiera los cuerpos se derriten en sudor; pero no importa mucho. Las manos de Marta en el cabello de él están terriblemente aferradas, igual de intensas que sus palabras.

-Háblame sucio, Di quien eres?
-Soy tu perra, soy tu fucking perra. Muérdeme, mátame, haz lo que quieras…

Y los deseos siempre eran obedecidos, de ambas partes.
Al terminar, cada cual corría hacia una dirección distinta del pequeño estudio. Ya luego no había nada más que hacer. Se despedían, y quedaban en otro día, o tal vez no. Ya sabían que no había necesidad de ponerle fecha y hora a otro día.

En esos asuntos solían ser perfectos los dos. Amaban la improvisación, la sensación de nunca saber que va a pasar. Siempre original, y cada vez solía ser mejor que la anterior.
Pero ese día no.

Ese día como de costumbre sucedió imprevisto. La mirada dispuesta y un gesto en la cara de él. El brío descontrolado y la disposición perenne de ella. Toma su mano, y la mete en su pantalón. Ya sabes que hacer. Y en medio de la locura un bésame corre desesperado de los labios de ella.

Se acerca, busca sus labios mientras el hala su cabello a otra dirección.
Insiste. Besa su cuello, sube a su rostro. El la esquiva. Una vez más y otra mientras continúa el movimiento frenético, ya con el pantalón más abajo de las rodillas.

Marta lo tolera. Más no lo olvida.
Fue la última vez que se vieron en el estudio de él.

Las siguientes semanas fueron terribles. Su buzón de entrada no daba señales de que Daniel la extrañara; pero ella sabía que si. Lamentaba ahora haber puesto como condición que fuese ella siempre quién buscara contacto. Tal vez para sentirse segura de algo. Tal vez para poseer el poder de verlo cuando quisiera, no cuando él quisiera verla a ella. Quizá el así la extrañaría y desearía más que nada, su llamada. Se hundió en los recuerdos de las cientos de veces que estuvieron sin excusa alguna más que la del placer furtivo. Hizo un recuento mental de la cantidad de días exactos que habían transcurridos desde aquella primera vez que sus miradas se encontraron en aquel pasillo de centro comercial. Y pensó, con una seguridad casi mortal que el esquivó aquel beso porque quizá Marta, ya no era la única en que sus ganas podía desahogar.

Y aquello no era mal, de cualquier manera nunca llegaron a ningún acuerdo de exclusividad. De hecho, Marta no dudaba que varias chicas como ella, frecuentaran aquel pequeño estudio en el centro de la ciudad. Daniel era un tipo joven, bastante atractivo y un amante excelente. Su celular nunca dejaba de sonar. Marta sabía que había una novia. Quizá la cosa se puso seria, tal vez fuese ella la razón por la cual Daniel esta vez no la quiso besar. Ella ya no quería pensar.

Se torturaba en las noches batallando a su fuerza de voluntad, para no tomar el teléfono y preguntar, ¿Por qué? Sabía que fuese cual fuese la respuesta no podría ser nada bueno, y la iba a matar. Al final, Daniel no tenía culpa alguna, no tenia responsabilidad alguna. Ella jamás llego a decirle que una de aquellas veces que jugaban a dominarse sobre aquel sofá ella, lo llego a amar. ¿Cómo podía saber él que sus manos eran las únicas que tocaban su piel desde hace ya bastante tiempo atrás, que ella sí, silenciosamente, firmo su contrato de exclusividad? Que era ella su perra, es cierto, pero solo de él y de nadie más. Pero jamás lo dijo, nunca lo demostró. Nunca le conto de lo difícil que se le hacía esperar hasta el día previsto. Las veces que mientras hablaban por teléfono ella se contuvo de decir “pasa algo más…”

Pero ese beso rechazado jamás lo pudo olvidar. Le rompió el alma. Casi como si Daniel la hubiese dejado esperando, a las puertas de la iglesia, el día de su boda, con la que tantas veces soñó. Daniel le dejo esperando, a las puertas de de nuevo hacer el amor, por un beso, que nunca llego. Ella jamás volvió.

Ya han pasado unos tres meses. Exactamente 93 días, y 5 horas desde que él pensó que sería divertido esquivar el beso de Marta. Ya van a hacer 93 días y 6 horas. Hace 10 que está muy ebrio.

Hoy se levanto muy temprano, pero se sentía cansado y decidió por quinto día consecutivo no ir a trabajar. Abrió la nevera y no quedaba nada. Unas latas de cerveza con su contenido a medias. Su estudio parecía más un campo de batalla que un hogar. –Hace tanta falta una mujer acá- Pensó.
¿Qué sucedió, qué fue lo que hice mal?

Echado en el sofá descubre una mancha de vino en la tela desgastada. Marta le dijo que el bicarbonato las sacaba rápido. Al parecer, el nunca le prestó suficiente atención. O sí?

Ahora sentado allí podía recordar todas y cada unas de las tontas charlas que tenia con Marta antes de empezar. Cosas del trabajo, de la universidad. Alguna vez ella le contaba de algún pretendiente, pero nunca repetía el nombre de ninguno, imaginaba que no tuvieron suerte con aquella chica esquiva, hermosa, de buena familia, pero con una afición inagotable por el sexo rudo y salvaje. Esta característica poco común y por demás muy divertida en ella, que la sacaba completamente de su canon de chica bien, era la que a él, en un principio, lo hizo aceptarla una vez por semana en su estudio, en su sofá.
No se da cuenta y se queda dormido. A veces el alcohol hace esto; hace creer a la gente que está dormida aún estando despierta y viceversa. Suena el teléfono y no hace caso. Vuelve a sonar y esta vez reconoce el tono: Marta. Se repone, trata de sentarse pero está muy mareado, alcanza el teléfono y al responder la llamada se cae. Sin tiempo de reaccionar en frenéticos –Aló, Aló, Marta? Suena la puerta.

Él no presta atención, solo le interesa que Marta vuelva a llamar.
La puerta suena. El no quita la vista de la pantalla, él no quita la vista de las letras… 2 Llamadas pérdidas: Marta.

Se queda dormido de nuevo. El alcohol vuelve a ganar. Solo siente las lágrimas que ruedan por su rostro, hasta que de pronto…

-¿Qué sucede?, Por qué estas así?. Ven, vamos a darte una ducha.
Abre bien los ojos y no lo puede creer. Es Marta.

Ella lo toma de la mano y lo sentó en la tina, se quita el sweter y los jeans, se queda en ropa interior. La misma ropa interior de la última vez, cuando a él le pareció interesante, tal vez morboso, esquivarle un beso. Ella no parece darse cuenta de los pensamientos que corren por su cabeza, y simplemente en completo silencio, pasea la esponja por su cuerpo y lo baña, tal como una madre a un hijo. Con la dulzura infinita que solo alguien que ama lo haría.

-Me ama. –Piensa- Ella también me ama.

Luego de esta afirmación miro los ojos de Marta y algo en ellos le aseguraron que así era.
La embriaguez paso. Ya sentados frente a frente en el sofá Marta le ofrece una taza de café, aún sin hablar.

El no puede creer que sea ella su salvadora; la única mujer a la que le permite entrar a su estudio. La única a la que desde hace mucho tiempo le hace el amor, entre palabras obscenas y lenguaje sucio, porque así le gusta a ella.

Toma su mano y la siente fría, más fría que nunca. Intenta decirle algo pero se da cuenta que él nunca solía hablar; siempre se limitaba a escucharla antes y a luego preguntarle qué quería durante el acto sexual. El no sabía hablarle, con ella el solo sabía hacer. Así que hizo.

La tomo por la cintura violentamente y la sentó sobre él; metió sus manos en su cabello y lo haló con todas sus fuerza, tal como ella amaba que lo hiciera. Apretó sus muslos, arranco la poca ropa que tenía. Ahora podía escuchar su respiración al cuello, más fría de lo normal, pero sin duda, era su Marta.

-¿Qué quieres Marta, dilo? Qué quieres?
Marta no respondía.

-Dilo, di que eres mía, que eres mi perra, que solo yo te encanto.

Silencio.

De pronto solo escucha: -¿Te gusta?- Marta lo empuja hacia atrás, el cae del sofá, vuelve a mirar.
–Bésame, ¿Te gusta? .

Su espalda da al vidrio, Marta está sobre él. No la puede contener; escucha el crujido del cristal, se aferra a ella desesperado.

-¿Qué haces Marta, Por qué?

La toma de un brazo, y la mira parada frente a él. Se apoya en ella para no caer, el vidrio ya no está, los cristales se escuchan caer cuatro pisos abajo. La agarra con fuerza. Pero ella no está. La verdad nunca estuvo con él, en su estudio, desde aquella última vez, que a él le pareció divertido esquivarle un beso.
Mira el pequeño estudio antes de caer. Demasiadas botellas de vodka sobre la mesa, píldoras para dormir, y algunas rayas coca. Recordó que eran anestesia, para no pensar en Marta; que irónico, le hicieron alucinarla. Y ahora el caía, dopado, alucinando, sin poder volver a besarla.


-Te gusta?

Repetía ella sin inmutarse. Ni un solo gesto dejaba escapar de su rostro casi muerto, carente de emociones y sentimientos.

-¿Te gusta?

Escuchaba él. Tirado en el piso inmóvil. Saboreando la sangre que se hacía charco a su alrededor. Sintiendo el dolor de sus piernas, su cadera, sus hombros; pero mirándose a sí mismo desde otra dimensión. Flotando a su lado. Viéndola a ella inclinada sobre su cuerpo, vestida de blanco, mirándolo a los ojos, preguntando una y otra vez.

-¿Te gusta?

Y el abrió los ojos y vio una multitud de curiosos que se aproximaban, y a Marta, la real, quien por fin se había decidido a preguntarle ¿por qué? con una botella de vino en las manos…

El sonrío, y dijo –Si Marta, Me gusta… y La figura vestida de blanco desapareció, y ya no vio nada más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario